El paisaje era bellísimo, con un lejano pero vasto campo de flores carmesí y violeta que le recordaban a Iluín aquellos labios tan bien decorados que no hacía mucho rozaban los suyos cada mañana, tarde y noche. Sus labios ¡Si tan sólo pudiera sentirlos de nuevo! Si su aroma a lavanda y a orquídeas volviese a él y lo revitalizace de nuevo; si volviese a ver sus ojos abrir y cerrar mientras sus pestañas, pomposas, se movían sobre estos; si volviese a sentir el calor de sus abrazos, de su piel suave, como pétalos de margarita o como el pastizal fresco en el que te acuestas; si pudiese sentir de nuevo sus pómulos, acolchonaditos y nítidos, contra los suyos y acariciarlos de nuevo con su mano; si pudiese tocar sus lágrimas, cristalinas y brillantes, o doradas y centellantes al atardecer, u oscuras pero con el leve brillo del reflejo de la luna, si pudiese tocarlas una vez más y apretar su cabeza contra su pecho para que este se mojara con ellas; si pudiera verla de nuevo. Pero ya no había marcha atrás.
El pasto, de un profundo verde esmeralda, decoraba gustosamente el camino y hacía que la tristeza fuese un poco menos fuerte y el destino un poco menos amargo. Poco a poco, y con cada paso, el césped fue tornando su color a uno más opaco, pero igualmente hermoso, que recordaba a Iluín infinitamente a los ojos de Rita. Ahora que lo pensaba bien, todo le recordaba a ella; El color azul claro y nítido del cielo le traía el recuerdo del adorno del pequeño collar que con tanto gusto él mismo le había hecho y que con tanto gusto ella llevaba puesto doquier; Las escasas nubes blancas que conseguían adquirir una pequeña sombra gris en su costado le recordaban el vestido andrajoso que siempre llevaba y que, a pesar de la poca calidad y del desgaste de los mismos años, ella tanto amaba; La brisa refrescante del dìa le traían a la memoria la respiración de Rita en las noches, respiración que él, en las noches en vela, gustoso sentía y disfrutaba. Cuando el sol se fue poniendo y el cielo tomó un color dorado y anaranjado, Iluín recordó melancólico la repartición de miel entre ellos y todos los otros pobres del pueblo; Por cosas de la fortuna uno de los niños del lugar había encontrado cerca a él un enorme panal, lleno de ronchas y ampollas lo había traído y entre todos repartieron la miel y vendieron la cera para adquirir algo de dinero. Dinero. Eso era lo que a ellos les faltaba. Miro a todos sus nuevos compañeros, todos con la misma expresión de miedo y melancolía en sus rostros, todos necesitaban dinero.
Luego, en la noche oscura, la luna y su "inquietante" parecido con el brillo de los ojos de Rita iluminaron prontamente el bosque en el que ahora todos los próximos mercenarios se encontraban. Todos sabían bien que sufrirían duros días de hambrunas (todavía más), y todavía peor que eso, de infinita sed; noches como aquella, sin un lecho y con el tan indeseable como constante acompañamiento del viento frío y tempestuoso; todos sabían bien que seguirían algunos días mágicos y con paga y que podrían mandar el dinero a sus hogares, tanto como sabían que luego de un poco la paga desaparecería; todos sabían que podían morir en medio de las próximas batallas; todos sabían que eran tratados como perros pulgosos y sin dueño, y a la vez sabían que en realidad eso era poco frente a su trato; pero todos sabían también por qué estaban durmiendo ahí, en medio de la mirada vigilante y espectadora de la luna y de la compañía desesperante del viento y del ruido de este contra las hojas de los árboles, todos sabían que era por dinero. DINERO. Todos necesitaban dinero por alguna razón y ya que sólo podían vivir de salarios mendigales, decidieron echarse a la muerte vibrando de tristeza, pero con la tímida esperanza de que podrían llegar a tener la paga que necesitaban para sus hogares.
En medio de la noche todos dormían. Todos menos Iluín, quien a pesar de morir de sueño no lograba conciliarlo. Seguía pensando que debía mantenerse vivo y mandar el dinero para que Rita pudiera mantenerse a salvo de la tos y que, luego de que estuviese más aliviada y vivaz, pudiese seguir con su vida y fortalecerse hasta que tal vez, algún día ambos pudieran tocar sus manos y él pudiese sentir de nuevo su aroma a belleza.
Los dìas que siguieron fueron haciéndose más largos y los caminos cada vez más difíciles, Pedregosos y desalentadores. En una que otra ocasión alguien lograba cazar algún animal y se repartían las raciones, siempre desiguales, pero esto era muy escasamente.
Iluín conoció a Porshe, un mendigo que ya era tanto padre como abuelo y que necesitaba llevar el dinero a su familia para poder alimentar a la familia y luego a su próximo nieto. Porshe sabía contar muchas historias y cuentos que entretenían, o al menos dejaban pasar el rato, a los otros Mercenarios. Sabía la historia de un ave que se dejó robar un queso de un zorro, de una niña que se fue a viajar a un país muy raro al perseguir a un conejo, y el de un lobo que un día se hizo amigo de un ratón enorme y gordo, y aún así el estúpido no lo comió, violando todas las leyes conocidas como cadena alimenticia.
También Porshe era bastante arrogante y a veces criticaba terriblemente todo lo que podía, pero en los momentos en los que no estaba repitiendo historias ni criticando era bastante agradable.
Luego de varios dìas de hambrunas, sed, caminatas largas y noches en vela, llegaron a su primer destino, y para muchos, el último.
Iluín trató de recordar, tal vez por última vez, la sonrisa de Rita. Ella no era muy linda para los demás, pero era la luz para él. Lo que ahora necesitaba era luz. Habían llegado a un pequeñísimo pueblo que al parecer había sido atacado. Recorrieron el lugar de vista y se dieron cuenta de que estaba desolado. Un pequeño anciano salió de los escombros, moribundo, e inmediatamente los mercenarios se acercaron a socorrerlo y preguntarle lo que había sucedido. Al parecer, una bandada de delincuentes había atacado durante la tarde incendiando el lugar de tal manera que todos murieran en el fuego y ellos tuviesen tiempo de escapar. Habían ido camino a otro pequeño pueblo que quedaba muy cercano. Todos debían ir y luego se encargarían de enterrar a los muertos.
El pueblo apenas había sido atacado, los villanos estaban escapando cerca. Los mercenarios fueron tras ellos y en poco tiempo la batalla inició. Iluín empuñó su espada.
Al parecer los badidos eran tan altos como estúpidos, pues no se diganaron a dar una espera o pausa antes de seguir con otro pueblo y ya estaban algo cansados. El líder de los tontos parecía ser el más idiota de todos: Era enorme, tanto que sus pasos, agigantados, parecían mover un poco el suelo; llevaba una espesa barba y el bello de ambos brazos y de las cejas sobresalía infinitamente; su atuendo le permitía moverse bien, pero al ser tan alto y estar cansado, no parecía estar en condiciones adecuadas para la batalla.
Lo que en ése momento necesitaba era Luz. Trató de mantener lo más que podía el recuerdo de Rita y con toda su fuerza dio su primer golpe. No era por sí mismo, era por ella. Tenía que permanecer vivo para estar con ella y volver a sentirla. Por sobretodo era lo que quería, sentir de nuevo su aroma, tocar su cabello y dormir junto a su respiración; sentir que seguía viva y que respiraba aún era lo más preciado para él... Necesitaba seguir con vida para ello... necesita estar con ella porque sabía que ella también lo necesitaba a él.
Cerró los ojos y recordó lo mucho que deseaba caminar con ella de nuevo, tomados de la mano. Un viento tempestuoso despeinó prontamente su cabello y heló su cuerpo. Abrió los ojos. Había derrotado a su primer contrincante.